Es una de esas películas que no me canso de ver. Hay un diminuto castillo en equilibrio entre cuatro regiones (una de ella Gales, según el libro), perfectamente estable en el interior mientras fuera se bambolea por el páramo sobre cuatro patas de pollo. La puerta principal tiene un disco dividido en cuatro colores y, según el color que marques al girar el pomo, la puerta da a un lugar u otro, a una ciudad pequeña, un puerto, la capital o el páramo.
En realidad, la casa del mago Howl es prácticamente anecdótica en la trama. La historia del encantamiento de Sophie, del trato de Calcifer, el demonio de fuego, o la lucha contra la guerra de Howl no cambiaría gran cosa si viviesen solo en uno de estos sitios, pero el castillo ambulante es un hallazgo narrativo tan espectacular que no me extraña que le dediquen el título entero.
A las circunstancias exteriores del castillo (las cuatro patas, una boca con lengua y la inmejorable situación geográfica) se une el sorprendente interior, construido de cualquier manera por un mago con alma de niño que acumula todo tipo de belleza (no me había fijado durante la pelicula, pero estoy viendo una máscara africana junto a la cama de Howl) y jamás limpia. Y, por supuesto, el entrañable grupo de personajes, que lo convierten todo en un hogar.
Es una de esas películas que me dan la sensación de que todo está en su sitio.




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