Me pregunto qué estará mirando
esta pareja. Se les ve cómodos, relajados. Van vestidos a la última moda y la
lluvia no les molesta, para eso llevan paraguas, ese invento tan moderno que
hace sólo tres años no existía, casi igual que la calle por la que pasean.
Tampoco llueve demasiado, es más bien uno de esos calabobos luminosos, que
reflejan el cielo y hacen brillar las perlas que ella lleva en los pendientes.
Quizá están explorando la avenida, ahora que está acabada. O quizá han visto que
están montando una nueva tienda, una librería o una pastelería, a lo mejor, o
una tienda de guantes. O quizás está pasando un coche de caballos que nosotros
no vemos, y han reconocido al pasajero.
Seguramente Caillebotte, el pintor,
tenía mucho en común con ellos dos. Era también acomodado -en gran parte
gracias a los negocios inmobiliarios que hizo su padre durante la construcción
de bulevares como aquél-, observador y
amante de lo moderno. También debía de ser uno de los impresionistas más
agradables de tratar (juzgando tanto por lo que se sabe de su carácter como por
lo que se sabe del carácter de los impresionistas) y es uno de los menos
conocidos.

















